-¿Te has enterado de lo último de Conchita?
-¿De lo de su marido?
-No, mujer. De lo de su hígado.
-¿Qué le pasa a su hígado?
-Pues... Bueno, es difícil de explicar... Es que...
-Pero, venga, ¡suéltalo!
-El caso es que...
-¡Ay mujer, qué pesada!
-Es que es algo muy delicado.
-Bueno, pero hay confianza, ¿no?
-Está inservible.
-¿Qué?
-Que el hígado no sirve. Tiene cáncer.
-¿Pero qué me dices? Si ella tiene muy buen aspecto...
-Bueno, a ella siempre le ha gustado abusar del maquillaje. Pero es lo que hay. La semana próxima acaba el plazo.
-O sea que... Lleva así desde hace casi un mes.
-Eso mismo. Y fíjate que se lo han visto a tiempo. Por eso dejan que pase un mes.
-A mi cuñado fue visto y no visto. En dos días le llevaron al Centro y todo acabó. Y sin embargo a mi abuelo, pobre, le tuvieron un año sufriendo... Eran otros tiempos.
-No te creas. Si llegara el caso y pudiera elegir... Prefiero seguir aquí un año.
-¡Pero no puedes! Sabes de sobra que a quien le toca, le toca. No hay marcha atrás.
-Para tí es fácil decirlo, Adela. Con tu historial médico yo también estaría tranquila.
-Y aunque no fuera así. Todos sabemos que tal y como está el mundo hoy, nadie quiere, ni puede, ojo, ocuparse de esas cosas.
-Pues hubo un tiempo...
-Hubo un tiempo en que había menos gente y más recursos. Y lo sabes tan bien como yo. Y a nadie más que a mí le gustaría que pudiéramos decirle a Conchita: "Sí, hija, tendrás medicinas contra el dolor y todos cuidaremos de tí hasta que te vayas". Pero no puedo. No podemos. La píldora es más barata. Y más segura para todos.
-Pues entonces habrá que ir a verla.
-Sí, el próximo jueves tengo un ratito...
Dennis Hope y yo hemos hecho un negocio imaginario. Yo le di veinte dólares, que es un papel que representa un pedacito de un lingote de oro que hay en la bóveda del Tesoro Norteamericano. Él me dio otro papel que representa un retazo al norte de la Luna.
Tarde agobiante. Como pasada por agua, pero esta vez por luz y calor. Mucho calor. Incluso para ser agosto, Madrid. La ropa, húmeda. La piel, pegajosa. El ventilador, funcionando a destajo. Los papeles que se amontonan. Más calor, que chorrea por la frente, el cuello, y, finalmente, la espalda. Imposible contar los minutos que quedan. El cerebro se vuelve perezoso, bosteza, y se niega a colaborar. Incluso amenaza con presentar la dimisión. Por unas vacaciones justas, puede leerse en su frente.