En el siglo pasado descubrimos grandes avances tecnológicos como la invención del láser, el chip de silicio, el cine, la radio, o el descubrimiento de la penicilina y la energía nuclear; también presenciamos grandes catástrofes humanas como la I y II Guerra Mundial; y, no menos importante, asistimos al surgimiento de la sociedad de masas, esto es, una sociedad unificada bajo los mismos gustos y tendencias con marcadas influencias norteamericanas y dirigida por el imperio de los mass media (o al menos es lo que estos últimos pretenden).Y con la consolidación de los medios de comunicación, sobre todo a partir de la II Guerra Mundial, llegó también la publicidad de masas: la impresión de miles de panfletos en serie, la inclusión a gran escala de publicidad en la prensa, la radiación de anuncios mediante ondas hertzianas a grandes cantidades de población y cómo no, la publicidad televisiva con el poder de la imagen secuencial.
Esta última mantuvo el "monopolio" hasta hace bien poco, así que en la década de los 60, 70 y 80 acompañó nuestras vidas y fue más infuyente en estas de lo que muchos pensaban. Los spots televisivos parecían representar la buena vida y todo lo deseable en este mundo, es decir, vendían no ya un producto, sino el bienestar asociado a él. Este ha sido el gran logro de la publicidad, conseguir la asociación de ideas entre, por ejemplo, un cigarrillo y el éxito social.
Aún hoy en día sigue ejerciendo un enorme poder, pero ha perdido terreno frente a Internet. Efectivamente, si pasamos más tiempo mirando el monitor del ordenador que la televisión, pues nos encontramos con que aparece más y más publicidad en este entorno, lo que viene a decir que posee más audiencia. Pero no adelantemos acontecimientos; la televisión sigue manteniendo si no todo su dominio de antaño, gran parte de él.
En primer lugar, podríamos hacer una distinción entre la publicidad moderna y aquella que precede al siglo XIX, cuando el
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