No hay firma que se precie sin su slogan correspondiente, ya sabemos, esa frasecilla corta y expresiva que pretende instalarse en nuestros cerebros durante una buena temporada para recordarnos de vez en cuando lo que tal o cuál marca hará por nosotros si la adquirimos.El buen slogan contiene todos los valores que la empresa que se publicita desea transmitir; además, es claro y comprensible (para aquel target de población al que se dirige) y también quiere ser original y estéticamente bello. Por ello, en él predominan las funciones poética y conativa.
La tendencia en los últimos años ha sido la de mantener los lemas en su idioma original, sobre todo si procedían del inglés. El objetivo de esto es lograr, por un lado, la universalidad de la marca, y por otro, la exclusividad o elitismo que se deriva de utilizar una lengua extranjera, puesto que no todo el mundo será capaz de descifrar el mensaje.
Por otra parte, algunos de los recursos más utilizados para captar la atención del potencial cliente han sido el uso de interrogaciones retóricas, construcciones nominales, elipsis, tipografías llamativas, oraciones inacabadas y formas de imperativo. Una buena dosis de ingenio también es imprescindible para obtener un enunciado impactante.
En conclusión, y a pesar de que la imagen tiene cada vez mayor importancia y relega a un segundo plano el mensaje escrito, los slogans sirven para identificar a una compañía fácilmente y sin confusiones -como en el caso de Philips, cuyo lema "Sense and simplicity", aparece repetidamente en los anuncios de sus productos- y de este modo distinguirse de la competencia, destacando por encima de las otras empresas.
Y si no que le pregunten a esos pobres servidores que deben soportar grandes volúmenes de información basura todos los días, mientras ingenuos como tú y como yo nos dedicamos a subir alegremente imágenes, comentarios... a nuestras páginas personales sin pensar ni por un segundo en si aportan algo verdaderamente valioso -eeh, huelgue decir que esto no es así en la mayoría de los caso, lástima. Contribuimos con nuestras pequeñas y humildes acciones al ingente caos que desde hace mucho tiempo se apoderó del universo.
Algunos expertos ya anticipan el ocaso de la publicidad, al menos de la publicidad bien hecha. Denuncian las malas artes de las nuevas generaciones de publicistas, que descuidan su oficio y dan mala fama al resto. Yo no sé muy bien si se trata de una llamada a la cordura o más bien de un alarido de preocupación que surge desde lo más profundo de aquellos que controlaban el cotarro hasta hace bien poco. En cualquier caso, grandes cerebros de la publicidad en España así lo afirman, y se debería, cuanto menos, tomar en cuenta su opinión.
¿Y la publicidad tradicional también? O eso es lo que deben preguntarse muchos a estas alturas, porque ciertamente encontramos que Internet genera cada día más beneficios a aquellas empresas que deciden apostar por este medio para anunciarse. En efecto, existe un suculento gap en el mercado (ampliando su significado de producto o sevicio no ofrecido), que posibilita entonces a los más avispados el hacerse con un espacio en ciertas páginas web para así promocionar sus artículos. Pese a lo que pueda parecer, los navegantes sí invertimos parte de nuestro tiempo en clicar en esos anuncios que nos parecen lo suficientemente interesantes (la mayoría de las veces quizá engañados).
